Clarissa tiró del abrigo de Giovanni despacito y le murmuró al oído:
—Vámonos ya. Trátame serio.
Giovanni trataba de no sonreír, pero ella notó ese detalle.
Una de las manos de Clarissa estaba posada sobre la ropa de Giovanni. Él la agarró y entrelazó sus dedos, con una firmeza cariñosa.
No fue hasta que ya estaban sentados en el auto que Clarissa se dio cuenta.
—¿Saliste de casa? ¿Y a dónde vamos?
—Te llevo a casa de mis abuelos —le respondió Giovanni sin rodeos.
—Mis papás trajeron a Araceli.