Esta vez, Clarissa vino con Giovanni a ese restaurante. Aunque ya había pasado la hora punta, las mesas fuera del local —dispuestas para quienes esperaban su turno— seguían completamente ocupadas.
Algunos comían las entradas que ofrecía el restaurante, otros jugaban a las cartas, y algunos más estaban en plena sesión de manicura. Incluso había sillones de masaje, y al lado, una pequeña zona de juegos abierta para matar el tiempo. Todo muy bien pensado.
—Hay demasiada gente… ¿Y si vamos a otro la