Capítulo 5. El sueño.

Capítulo 5.

El Sueño.

POV Alicha Nazer

El aire de Dubái es distinto; huele a incienso, a especias y a la culminación de todos mis anhelos. Mientras el mundo entero habla de la “boda del año”, yo solo puedo pensar en la gratitud que le debo a Allah. Mi familia se ha trasladado a esta tierra de oro y arena para celebrar nuestra unión, y mi primera parada no ha sido a las tiendas de lujo, sino a la mezquita.

Me arrodillo sobre la alfombra, sintiendo la frescura del mármol bajo mis pies. Con la frente en el suelo, oro con lágrimas en los ojos. Gracias, Padre, por inclinar el corazón de Armando hacia el mío. Bendice nuestro hogar, dale salud a su madre y permíteme ser la luz de sus ojos, así como él es el sol de mi existencia.

Inclinó mi cabeza y continúo agradeciendo a Allah.

Un encuentro de seda y espinas.

Al enterarme de que la familia Málaga ya está instalada en Dubái, preparo una comitiva de regalos. No voy con las manos vacías; llevo sedas, dátiles de la mejor calidad y ungüentos curativos. Recién me entero de que ella aún sigue enferma por lo que intentó llevarle lo mejor. Al entrar a su habitación, la veo sentada, más tranquila y, para mi alivio, ya no está conectada a esos terribles aparatos.

Tomo la tetera y le sirvo el té con movimientos lentos, cuidando cada detalle para demostrarle mi respeto y amor.

— No tenía conocimiento de que estaba enferma, espero que con ayuda de los doctores, pueda mejorar.

— Gracias.— Logra articular.

Sin embargo, noto un muro invisible. Sus ojos me observan con un recelo que no logra ocultar del todo, una distancia fría que me oprime un poco el pecho. ¿Acaso no soy lo que esperaba para su hijo?

Por suerte, mi cuñada pequeña, Priscila, de apenas doce años, compensa el silencio.

—¡Tu cabello es precioso, Alicha! —exclama con los ojos brillantes.

Ella se coloca detrás de mí y comienza a cepillar mis mechones con fascinación. Me dejo querer por ella, sabiendo que, a través de su inocencia, podré ganarme un lugar en esta familia.

Cuando la reunión de las mujeres termina, nos movemos hacia el gran salón donde los hombres ya esperan. Las damas nos ajustamos el hijab con elegancia, el canto de las mujeres llena el espacio con una alegría contagiosa, y por fin, se me permite estar cerca de mi prometido.

Mi corazón late con tal fuerza que temo que los presentes puedan escucharlo. Al verlo acercarse, el mundo desaparece. Sus ojos azules son mi perdición, un océano en el que siempre he querido naufragar. He soñado tanto con este momento que, ahora que lo tengo frente a mí, las palabras se me atascan en la garganta.

Él actúa de forma mecánica, casi como un autómata. Me ofrece una taza de té siguiendo el protocolo.

—Gracias —susurro, tomando la taza. Sus dedos rozan los míos por un segundo y una descarga eléctrica recorre mi columna.

Disfrutamos de la celebración, rodeados de lujo y música, pero él permanece en un silencio sepulcral.

—¿Cómo estás? —logro decir finalmente, buscando una grieta en su armadura.

—Bien. ¿Y tú? —responde cortante, sin mirarme realmente.

—Estoy bien. Me alegra mucho volver a verte.

Me ignora de nuevo, desviando la vista hacia la multitud. Esa indiferencia me causa una inquietud punzante, pero no me rindo. Tomo un dulce del canasto e intento dárselo a probar. Él se tensa, pero al notar que somos el centro de todas las miradas, abre la boca y acepta el dulce. Le sonrío con toda la ternura que poseo y, para mi sorpresa, él me devuelve el gesto dándome de comer a mí. El salón estalla en susurros de aprobación, y mi corazón se acelera hasta el delirio.

Sin embargo, la burbuja se rompe cuando veo entre los presentes al Príncipe Bazar. Mi mirada pasa de Armando al príncipe con una incomodidad evidente; sé que él quería mi mano.

—Que Allah bendiga tu unión, princesa —dice el Emir, pero su tono tiene un filo que no me gusta.

—Muchas gracias, príncipe —respondo con cortesía.

La mirada que Emir le lanza a Armando es de pura hostilidad. Armando le devuelve una frialdad glacial, pero de inmediato vuelve a enfocarse en mí. Le doy de beber, completando así el ritual ante los testigos.

Mi Sultán

La fiesta continúa entre bailes y banquetes. Socios y conocidos de mi padre se acercan a felicitarnos. Entonces llega el momento de la dote. Frente a todos, Armando me trae los regalos. Sé, en el fondo de mi alma, que mi padre pagó por cada joya y cada título, pero en este momento no me importa. Para el mundo, es él quien me cubre de oro.

Me entrega joyas de oro y plata que brillan bajo las lámparas de cristal, doce camellos de raza pura y las llaves de una nueva propiedad. Armando toma uno de los collares, uno pesado y magnífico, y lo coloca alrededor de mi cuello. Las mujeres cantan de alegría y los aplausos resuenan en las paredes de mármol. Es una dote enorme, pero para mí, el verdadero tesoro es el calor de sus manos sobre mi piel.

—Yo también te compré un regalo —le digo en un susurro, sacando una pequeña caja de terciopelo.

Saco un reloj Rolex valorado en millones, una pieza única. Tomo su mano, pongo el reloj en su palma y luego, en un gesto de absoluta rendición y devoción, beso su mano.

—Mi sultán —murmuro, mirándolo desde abajo con toda mi alma en los ojos—, no puedo esperar para que Allah nos bendiga con el lazo del matrimonio.

Él me observa en silencio, y por un instante, creo ver algo más que frialdad en sus ojos azules. No sé que, pero ilumina mi corazón y calma mi alma.

La música tradicional envuelve el salón mientras Armando y yo nos movemos en el baile que cierra la ceremonia de compromiso. Sus manos en mi cintura se sienten como fuego a través de la seda. Bailamos bajo la mirada de cientos de personas, un sultán y su sultana, cerrando un pacto que para el mundo es de negocios, pero para mí es de alma. Al terminar, la promesa queda sellada en el aire: mañana seré su esposa ante Allah.

La alegría.

El sol de Dubái se filtra por los ventanales al día siguiente. El ambiente es un torbellino de risas y perfumes costosos. Es el día de mi ceremonia de Henna. Estoy rodeada de las mujeres de ambas familias, pero es mi pequeña cuñada, Priscila, quien no se despega de mi lado.

—¡Vas a quedar hermosa, Alicha! —dice ella, aplaudiendo mientras las artistas del Henna comienzan su trabajo.

Hay cantos de alegría que resuenan en las paredes. Me pintan los pies y las manos con diseños intrincados, flores y mandalas que representan la fertilidad y la protección. Me siento plena, realmente feliz. Mi madre se acerca a mí, radiante, y me entrega obsequios de oro puro. Al ver el brillo en mis ojos, me toma del rostro con ternura.

—Que Allah te bendiga con muchos hijos, mi niña, y que formes esa familia que tanto has soñado —murmura ella con voz emocionada.

—Gracias, mamá. Que Allah escuche tus buenos deseos —respondo, sintiendo que mi pecho va a estallar de gratitud.

La tradición se cumple paso a paso. La celebración del Henna se funde con los preparativos finales de la boda. Cuando llega el momento cumbre, firmamos el tratado matrimonial. Al ver su firma junto a la mía, sonrío ampliamente, sintiendo que por fin el mundo está en orden. Ya no hay vuelta atrás: soy la señora Málaga.

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hebracormi pobre niña comenzará su sufrimiento!! ya ese desgra lo anunció!!! buuuu
Katty ColladoAhh me encanta la tradición de la Henna
Katty ColladoArmando parece robot
Katty ColladoUff la competencia de Armando
Katty ColladoNi la suegra la quiere
Katty ColladoLa Pobre está ilusionada con un matrimonio que será un infierno para ella
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