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Capítulo 4. La jaula de oro.

Capítulo 4.

La Jaula de Oro.

POV Armando Málaga.

Me siento en el salón de la mansión Nazer, manteniendo la espalda recta mientras los sirvientes nos sirven té en silencio. La fragancia del jazmín inunda el aire, pero para mí huele a encierro. Observo al hombre frente a mí; su mirada es un recordatorio constante de mi derrota.

—Si has venido aquí a estas horas, es porque has tomado una decisión, ¿no es así? —pregunta Nazer, dejando su taza sobre la mesa con una calma exasperante.

—Así es. Estoy aquí para aceptar su propuesta —respondo, manteniendo la voz firme—, pero tengo tres condiciones.

—¿Condiciones? —Nazer arquea una ceja, soltando una risa seca—. ¿Crees que tienes el poder para poner condiciones?

—Tiene que escuchar mis condiciones si desea seguir con esto —le digo, inclinándome ligeramente hacia adelante—. Me temo que su hija se sentiría muy mal si usted no logra conseguir lo que ella quiere, dudo que usted quiera que ella sufra, que sea infeliz.

Lo amenazo directamente. Puedo ver cómo su mandíbula se tensa y su expresión se vuelve de hielo. El silencio que sigue es una guerra de voluntades.

—No me desafíes, Málaga —advierte en un susurro peligroso.

—Mi primera condición es que, así como quiere que me una a su hija bajo las leyes musulmanas, usted debe asegurarme que ella se apegará a nuestras leyes turcas, siguiendo mis tradiciones y mi legado. La segunda condición es que me dé un plazo de una semana para arreglar algunos asuntos personales. Y por último, le pido una indemnización por adelantado de cincuenta mil dólares.

—¿Eso es todo? —pregunta él, como si la cifra fuera absurda.

—Eso es todo.

—Bien. Te casas a fin de mes. Antes de que hagas cualquier cosa, llamaré a un abogado. Hagamos esto por escrito.

El abogado demora en llegar. Los minutos en el salón son asfixiantes. Mientras esperamos, coordinamos la planificación de la boda en Dubái. Todo se siente irreal, como si estuviera firmando el guion de una película que no quiero protagonizar. Finalmente, se firma el contrato con el nikah. A pesar de que Alicha tiene veinte años, su padre actúa como su representante legal. Yo apenas leo las cláusulas; mi mente está fija en el cheque y en cómo demonios voy a explicarle esto a Eloísa.

—Bien. Nos veremos para los preparativos de la boda, según dicta la tradición —dice Nazer, dándome por despedido.

—Bien. Que tenga buenas noches.

Me retiro con el jugoso cheque quemándome en el bolsillo. Lo primero que hago al cruzar el portón es marcar al médico tratante de mi madre. Mientras espero que responda, mi mirada se posa en una de las ventanas superiores de la mansión. Ahí está ella otra vez. Alicha me observa desde el balcón con una intensidad que me inquieta. Veo cómo su madre aparece detrás y la aleja de la ventana, pero yo sigo en mi llamada.

—¿Bueno? —responde el doctor—. Diga, señor Málaga.

—Haga lo necesario, no importa el costo —digo, viendo las luces de la ciudad—. Quiero que inicie el tratamiento hoy mismo.

El peso de la salvación

Al llegar a casa, el silencio de la noche me recibe, pero mi padre me espera en el estudio.

—Hijo, no debiste hacerlo —dice con los hombros caídos.

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Dime? —estallo, dejando salir la frustración—. ¿La dejo morir? Eso jamás va a pasar. Si muere mientras intento salvarla, será la voluntad de Allah, pero si no… si se salva, todo esto habrá valido la pena.

—¿Y Eloísa?

—Saldré mañana a verla. Le explicaré todo. Le pediré tiempo —digo, tratando de convencerme a mí mismo—. Si las cosas no funcionan con Alicha, buscaré la manera de divorciarme. Eloísa es sensata, entenderá que lo hago por mi madre, por estabilidad. Si no lo acepta, será el castigo que tendré que asumir por mis decisiones. Ella sabrá entender.

—Gracias, hijo. Gracias por hacer esto por tu familia. No sabes cuánto te lo agradezco.

Subo a ver a mi madre. Ya está recibiendo el tratamiento; no se queja, no llora, solo descansa profundamente. Esa es la única señal que necesito para saber que no me equivoqué. Me encierro en mi habitación, tomo una ducha larga y, por primera vez en meses, logro relajarme y dormir.

Desafío.

Al despertar, la atmósfera en la casa es eléctrica. La gente se mueve con nerviosismo.

—¿Qué pasa? —pregunto, pero el timbre de mi teléfono me paraliza. Es Eloísa.

—¿Vas a casarte? —Su voz llega como un latigazo. Mi corazón se detiene—. ¿Cómo lo sabes?

—Lo que todos los periódicos y revistas mencionan, Armando: “La gran boda del año. Armando Málaga pide la mano de la princesa Alicha Nazer”. Dicen que es una unión entre élites que ha conmocionado al mundo. Me has cambiado por su dinero… ¿Esta era la manera en la que ibas a solucionar las cosas?

—Escucha, cariño, perdóname —suplico, sintiendo que el mundo se me viene abajo—. Sé que te he lastimado. No quise que las cosas pasaran así, pero no tuve opción. Nadie quería ayudarnos…

—¿Lo dices por mi falta de dinero? —me interrumpe con la voz rota—. ¿Por eso te casas con ella? ¿Por qué ella sí puede darte lo que yo no?

—No es así, Eloísa. Era la única forma de conseguir el dinero. Mi madre se está muriendo y yo…

—Tú vas a casarte, Armando. Después de que te entregue mi virtud me dejas, me haces aún lado y me despiertas a no ser aceptada por el resto. De verdad lamento no haber nacido en cuna de oro como ella. Sabes que yo haría todo para ayudarte, pero está bien. Todo sea por salvar a tu madre. Espero que ella te haga feliz.

—Eloísa… espera. ¡Eloísa!

Corta la comunicación. Me quedo mirando el teléfono, temblando de rabia. Me vuelvo hacia mi padre y le arrebato la revista que tiene en las manos. La imprenta Nazer lanzó la noticia esta misma mañana. Lo hicieron sin mi consentimiento. Lo arruinaron todo.

—Hijo, cálmate. Quizás esto es lo mejor —dice mi padre en voz baja—. Ella tenía que saberlo.

—¡Pero no así! —grito, lanzando la revista contra la pared—. Me acorralaron. Les pedí una semana y ni eso me dieron. Esto demuestra que están acostumbrados a hacer lo que les da la gana.

Durante todo el día, el celular no deja de sonar. Felicitaciones hipócritas, gente que dice que “me gané la lotería”. Pero lo peor llega con las llamadas de negocios.

—Málaga, nos habían dicho que no cooperáramos con ustedes hasta que convencieran a los Nazer —me dice un antiguo socio—. Pero ahora que serás parte de la familia, podemos hablar de negocios, cuando podemos reunirnos.

Le cuelgo sin decir palabra. Mi enojo está a punto de hacerme explotar. Sabía que ellos tenían las manos metidas en nuestro boicot. Alicha y su padre nos hundieron para luego “comprarnos”. Esto no se va a quedar así. La familia Nazer aprenderá a no jugar con las vidas ajenas por simples caprichos.

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