Capítulo 3. El pacto.
Capítulo 3.
El Pacto.
POV Armando Málaga
La tensión en el salón de nuestra mansión es tan espesa que casi se puede tocar. El aire se siente viciado, cargado de una urgencia que me oprime el pecho. Frente a mi padre y a mí, el señor Nazer se sienta con la parsimonia de quien sabe que tiene todas las cartas ganadoras en su mano. Su sola presencia emana un poder que nosotros hemos perdido.
—Verás, Armando —comienza Nazer, rompiendo el silencio con una voz gélida y profesional—, estoy aquí para hablar de negocios. Después de todo, han ido a solicitar mi ayuda y yo estoy dispuesto a cooperar con ustedes.
Él es claro. No pierde el tiempo con rodeos diplomáticos. Expone sus condiciones sobre la mesa como si fueran piezas de un ajedrez donde yo soy el rey acorralado: quiere una alianza matrimonial con su hija para resguardar sus intereses y su inversión.
—¿A eso ha venido usted a mi casa? —espeto, sintiendo cómo la sangre me hierve—. ¿A imponer?
—No estoy imponiendo nada —responde él, sin siquiera parpadear—, simplemente pongo mis condiciones sobre la mesa.
—Entonces, lo que usted exige es que me case con su hija, ¿es eso? —Siento una punzada de ironía amarga—. ¿Cómo cualquier arreglo musulmán?
—Ya le he planteado como dije, Armando. Velo de esta manera: no me estás haciendo un favor, yo te lo estoy haciendo a ti. Mi hija es hermosa, talentosa y una princesa. Créeme que si levanto el celular ahora mismo, tendré propuestas de matrimonio de todos lados. Te doy una oportunidad de pertenecer a mi familia. Estas son mis condiciones: tendrán todo lo que necesiten, cualquier cosa, sin restricciones. Solo piénselo. Hoy pactan conmigo, pero mañana, todos van a querer colaborar; mi apellido les abrirá las puertas en todo el mundo.
Nazer se pone de pie, ajustando su traje con una elegancia que me resulta ofensiva en este momento.
—Bien, no tengo más que decir. Dejaré que lo mediten. Tienen hasta esta noche para pensarlo. Les recuerdo que mi hija no es moneda de cambio; cualquiera quisiera estar en su posición, pero ella los ha elegido a ustedes. Si para esta noche no me dan una respuesta, entonces tomaré la propuesta de los Bazar, y con ella, su oportunidad se habrá perdido. Permiso.
El hombre se retira. Camina altivo, imponente, con el orgullo de un conquistador que acaba de plantar su bandera en territorio enemigo. No nos da una solución; nos lanza un ultimátum disfrazado de salvación.
—Él nos está cerrando las puertas solo para que acepte esta absurda locura —digo, volcándome hacia mi padre en cuanto nos quedamos solos.
—No, no es así, hijo. Es un hombre importante, inteligente… no se prestaría para esas cosas.
—¿Pero no lo ves? —insisto, caminando de un lado a otro—. Dijo que haría todo por su hija. Es por ella. ¿Quién más se atrevería a exponernos así? Seguramente tiene las manos metidas en todo esto; por eso nadie quiere colaborar con nosotros.
Mi padre suspira y se acerca a mí, tratando de calmar la tormenta que ruge en mi interior.
—Armando, hijo, estás hablando de un magnate de negocios. Si él se niega, todos lo harán. Es Alicha, hijo… eran amigos cuando eran niños, hablaban cuando eran adolescentes. Seguramente desde entonces desarrolló sentimientos por ti. Al verte volver, quizás se emocionó. Ya escuchaste: estaba propuesta en matrimonio y te ha elegido a ti antes que a los millones de los Bazar. Piensa, hijo… a ella no le interesa el dinero, te quiere a ti.
—¡Pero estoy comprometido, papá! —exclamo con desesperación—. ¿Lo olvidaste? Eloísa espera por mí. ¿No lo recuerdas?
—Lo sé, hijo, lo sé. Escucha… —Me da dos golpecitos suaves con la mano en la nuca, un gesto que solía calmarme de niño—. No voy a obligarte a nada. No lo haré. Buscaremos otra solución, de acuerdo. Lo vamos a resolver, tranquilo. Ya, cálmate. Lo vamos a resolver.
—Bien —murmuro, aunque por dentro sé que no hay otra salida.
La Hora del Colapso
Me encierro en mi despacho. El día transcurre como una tortura lenta. No puedo dejar de pensar en este absurdo contrato, en este pacto de sangre y oro. Escucho a mi madre llorar en la habitación de arriba; los calmantes ya no le hacen efecto y su dolor se filtra por las paredes, volviéndome loco.
Miro el reloj de pared. Dos, tres, cuatro, cinco de la tarde.
Empiezo a colapsar mentalmente. Alicha. Recuerdo su rostro infantil, su risa… pero jamás le di motivos. Éramos conocidos, amigos de la infancia, nada más. Nunca le demostré nada que fuera más allá de la cortesía. ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?
Mi cuerpo está tenso, rígido por la ansiedad. Miro el reloj una vez más: seis y media. El tiempo se agota y el peso de la ruina familiar es más fuerte que mis principios. No sé qué pensar. En un arrebato de desesperación, tomo mi chaqueta y salgo de la habitación.
—¿Vas a salir, hijo? —pregunta mi padre al verme cruzar la estancia principal.
—Sí. Regreso más tarde.
—Cuídate.
Subo a un taxi y doy la dirección que marca mi destino y, probablemente, mi sentencia: la Mansión Nazer.
Al llegar, la opulencia me recibe como una bofetada. Me retienen por treinta minutos en la entrada mientras verifican mi identificación. Finalmente, el gran portón de hierro se abre. Hay guardias de seguridad por doquier y una ostentación que resalta en cada rincón. El mayordomo me recibe con una reverencia formal y me guía hacia el gran salón.
—¿Desea algo de tomar, señor?
—No, estoy bien —respondo con sequedad.
—Bien. En un momento vendrá el señor Nazer.
El hombre se hace de rogar. Pasan los minutos y mi tensión aumenta hasta el punto de sentir que mis músculos van a romperse. Pero todo se detiene de golpe cuando la veo pasar por el pasillo lateral.
Lleva su hijab con una elegancia que corta la respiración. Sus ojos, lo único apenas visible bajo la tela, se clavan en los míos. Se ve misteriosa, casi etérea. Me mira en un silencio sepulcral mientras yo, incapaz de apartar la vista, la sigo con la mirada. Hay algo en su postura que no es de una víctima, sino de alguien que ha conseguido exactamente lo que quería.
—¡Alicha! ¡Por Allah, no está permitido salir! ¡Vamos, yala, yala! —Una mujer de servicio aparece apresurada para escoltarla lejos de mi vista.
—Señor Málaga… —La voz potente de su padre me saca del trance—. Siéntese, por favor.