Amber Whyte.
Para cuando terminé de montar a Hael y Elion, caminar se había convertido en una tarea casi imposible.
Cada centímetro de mi piel estaba rojo. Dolorido. Ardiendo de dolor. Temblaba como si me hubieran sumergido en la nieve.
Como si estuviera teniendo un maldito ataque epiléptico. Otra vez.
Porque lo estaba teniendo.
Y ya no tenía gracia.
Y ahora, me estaba ahogando en mi propio semen. De pies a cabeza.
Fuego.
Eso era lo que sentía cada vez que sus pollas embestían mi agujero húmedo