Amber Whyte.
“Arrodíllate, maldita paloma, es hora del desayuno de papá.”
Los gritos de Elion no solo resonaron en mis oídos.
La profunda y retumbante orden me atravesó el coño, despertando cada nervio de mi cuerpo.
Como una puta obediente, mi coño cobró vida, vibrando a través del líquido pegajoso que se aferraba a él como una segunda piel.
Ahora estaba caliente, hinchado, listo, cubierto de hilos lechosos, zumbando furiosamente como si cada gota de sangre de mi cuerpo se hubiera asentado allí