Mundo ficciónIniciar sesiónEl golpe de la puerta al cerrarse a mis espaldas retumbó en las paredes del departamento.
Me quedé clavada en el recibidor, aplastada por un cansancio que me doblaba las rodillas. Me dolían todos los músculos del cuerpo. Tenía la piel del cuello escocida por el roce de la barba, las caderas amoratadas y un fuego denso y punzante entre las piernas. Mi intimidad estaba abierta e hinchada. Físicamente estaba hecha pedazos, pero por dentro sentía una corriente de calor sucio, una euforia oscura que jamás me había atravesado las venas. Jamás en mis veinticinco años me habían follado con semejante pasión. Di tres pasos tambaleantes hacia el salón, dejando caer el bolso al suelo, cuando una sombra me cortó el paso desde el pasillo de la cocina. —Hasta que por fin apareces. El estómago se me revolvió de puro asco y la rabia me invadió. La euforia que sentía se esfumó en un segundo. Peter. ¡El maldito perro estaba ahí parado!, sosteniendo una taza de café como si nada hubiera pasado. Como si yo no lo hubiera descubierto dos días atrás metiéndole su verga vergonzosa a una puta sobre mi propio colchón, en el departamento que yo pagaba, mientras me congelaba en la puerta sintiendo cómo se me caía el mundo encima. —¿Qué demonios haces aquí, Peter? —exigí alzando la voz—. ¡Te dije que no quería verte más y que me devolvieras las copias de mis llaves! —¿Vas a seguir con el mismo drama? —dijo él, dando un sorbo perezoso a la taza antes de dejarla sobre la mesa con un golpe seco—. Vine para que hablemos como gente adulta. —No tengo nada que hablar contigo, imbécil. —¿Imbécil? —Mi exnovio dio dos pasos hacia mí, acortando la distancia con esa actitud prepotente que ahora me causaba náuseas—. Fue un maldito error, ¿está bien? Un resbalón. Los hombres tenemos necesidades y tú llevabas semanas sin darme sexo, metida todo el día en esa maldita empresa. Pero no vas a tirar dos años a la basura por una noche de calentura. —¿Un resbalón? ¡Tenías a esa cualquiera clavada hasta el fondo! —grité, apretando los puños hasta que las uñas se me enterraron en las palmas—. No hay nada que hablar. Vete y no vuelvas más. Él no se movió. En lugar de eso, me acorraló contra el mueble del recibidor. Su mirada bajó por mi cuello, por la tela arrugada de mi blusa, y de repente se congeló. Dio un paso más, pegó su cara a la mía e inspiró hondo por la nariz. Su rostro se deformó en una mueca de asco puro. El perfume costoso y masculino de Richard Foster impregnaba mi ropa y mi cuerpo. —Tú apestas... —escupió, y antes de que pudiera reaccionar, me agarró del brazo derecho con una fuerza que me sacó un chillido—. Hueles a loción cara de hombre. ¿Dónde estuviste anoche, Karen? —¡Suéltame! —me sacudí con violencia, pero su agarre era firme, cegado por el orgullo. —¿Te fuiste a revolcar en la cama del primer patán que encontraste para vengarte de mí? —gritó enfurecido, oprimiéndome el brazo hasta dejarme la marca de sus dedos—. ¡Habla, perra! La rabia estalló dentro de mí. Lo miré fijamente a los ojos, sin una sola gota de miedo, sintiendo una profunda repugnancia por el inútil con el que había malgastado mi tiempo. —¿Quieres saber la verdad? —le dije con una sonrisa burlona, sintiendo cómo el corazón me retumbaba en el pecho—. Me fui con un hombre de verdad. Alguien que en una sola noche me dio el placer que tú jamás pudiste darme. A Peter le tembló la mandíbula. —Cállate la boca... —¡No me voy a callar! —lo empujé con rabia—. ¡Soporté tus embestidas rápidas y torpes! ¡Dos años sin sentir absolutamente nada! Anoche me enteré de lo que es un hombre de verdad. Uno que sabe cómo tomar a una mujer, que me abrió de piernas y me hizo suya como a ti jamás te va a dar la capacidad. ¡Eres un inútil, Peter! ¡Un inútil! —¡Que te calles, zorra! El impacto me retumbó hasta el cráneo. Su mano abierta se estrelló contra mi mejilla con toda su fuerza. La cabeza me giró de golpe, la vista se me llenó de chispas y las piernas se me doblaron, haciéndome chocar contra la pared antes de caer de rodillas. El sabor metálico de la sangre inundó mi boca; el golpe me había partido el labio contra los dientes. —¡A mí no me vas a humillar así, perra! —bramó fuera de sí, dando un paso hacia mí y alzando la voz hasta que las venas del cuello se le brotaron como cuerdas—. ¡Te crees muy lista! ¡No eres más que una puta barata que se abre ante el primero que se le cruza! ¡Te voy a enseñar a respetarme! De pronto, la puerta principal se abrió de golpe. —¿¡Qué diablos está pasando aquí!? Emily, mi mejor amiga, entró como una ráfaga al departamento. Sujetaba las llaves que le había dado en una mano y unas bolsas de compras en la otra, las cuales soltó sobre el piso sin importarle nada al verme tirada sangrando. —¡Miserable de m****a! —gritó ella, interponiéndose de un salto y dándole un empujón brutal en el pecho que lo hizo retroceder. De la mesa auxiliar agarró un florero de cristal pesado y lo estrelló con rabia contra la pared. El vidrio reventó en pedazos y ella se quedó con el cuello roto del recipiente en la mano, apuntándole directo a los ojos con los picos filosos. —Da un solo paso más —dijo Emily, temblando de furia e impulsando el filo hacia adelante para rozarle la garganta—. Da un paso más, cobarde, y te juro que te rajo el cuello aquí mismo. Peter ahogó un gemido de sorpresa y dio dos pasos atrás, levantando las manos. El filo del vidrio roto le cortó el aire a centímetros de la cara. —¡Tú no te metas, demente! —rugió él, tratando de mantener la compostura, pero con los ojos desorbitados mirando el cristal filoso—. ¡Esto es entre ella y yo! —¡Me meto porque es mi amiga, animal! —chilló Emily, sacando su teléfono del bolsillo de la chaqueta con la otra mano para pasármelo a mí sin bajar la guardia—. Karen, marca a emergencias ya. A lo lejos, amortiguadas por los muros del edificio, ya se escuchaban las sirenas acercándose. Los gritos del escándalo ya habían hecho que los vecinos llamaran a la policía minutos antes. Aun así, con las manos temblando y la boca palpitándome de dolor, pegué el teléfono a mi oreja y confirmé la ubicación: —¡Sí, necesito que vengan ya! ¡Calle Howard, edificio 4, departamento 3B! ¡Mi exnovio me golpeó y está violentísimo! ¡Apresúrense! Al sentir las sirenas cada vez más cerca en la calle y ver a Emily lista para atravesarle la cara con el vidrio roto, el rostro de Peter cambió de la rabia al pánico absoluto. Sabía que con la marca de su mano en mi cara y el labio reventado no tendría forma de salvarse de la patrulla. —Malditas locas... —murmuró, dando varios pasos hacia atrás sin quitarle la mirada al florero roto. Agarró su chaqueta del mueble y caminó a paso rápido hacia la salida. Pero antes de cruzar el umbral, se giró hacia mí y me clavó una mirada cargada de resentimiento puro. —Esto no se queda así, Karen —me escupió con la voz alterada por la humillación—. Te juro por Dios que te vas a arrepentir de esto. Me las vas a pagar todas, perra. Esto apenas empieza. Salió casi corriendo y escuchamos sus pisadas retumbar desesperadas escaleras abajo hasta que el silencio volvió a dominar el departamento. Emily tiró el pedazo de vidrio a un lado y se dejó caer a mi lado de inmediato, tomándome el rostro con delicadeza mientras sacaba un pañuelo de su bolso. —Dios mío, Karen... te partió el labio. ¿Estás bien? ¿Te duele algo más? —Estoy bien... —murmuré, dejando que me limpiara el hilo de sangre. Me miré fijamente en el espejo de la entrada y no vi a una víctima, sino a una mujer que finalmente había despertado. El golpe de mi ex no me produjo miedo; me dio la certeza absoluta de que nunca más en la vida volvería a conformarme con sobras de hombres mediocres. Entre el ardor sordo de mi mejilla y el recuerdo abrumador del placer salvaje que mi jefe había grabado a fuego en las paredes de mi vientre, entendí que no necesitaba que nadie me rescatara. La decisión estaba tomada y era enteramente mía. Mañana a primera hora cruzaría la puerta de la presidencia, no por temor a perder mi empleo ni para buscar refugio, sino para exigir y ser la amante del hombre más poderoso de la ciudad. Porque mi cuerpo y mi mente así lo querían.






