Capítulo 4

El dolor en el labio era un latido sordo, pero la rabia acumulada durante todo el domingo me había dejado una enorme lucidez. El ardor me punzaba la piel con cada gesto, pero ni el golpe ni la marca morada que logré disimular con una capa gruesa de corrector iban a frenarme. Yo no era una mujer que se derrumbaba por la cobardía de un idiota. Era eficiente, inteligente y excelente en mi trabajo.

Llegué a la torre de Foster Holdings antes de las siete de la mañana de este lunes. Caminé con paso firme entre los escritorios vacíos del piso de la presidencia. Acomodé mi falda ajustada y me senté a trabajar de inmediato: revisé los informes financieros de la compra de las propiedades del centro, verifiqué los gráficos de rendimiento, organicé la agenda de la tarde y dejé listo el café negro y amargo como le gusta a mi jefe. Procuré bloquear de mi mente la imagen de los dos policías en mi departamento tomando mi declaración y la de Emily ayer por la tarde. Peter había huido como la rata rastrera que era, pero la denuncia por agresión ya estaba puesta. Ese asunto ya estaba en manos de la ley; mis pensamientos iban dirigidos al hombre que pronto cruzaría la puerta.

El chasquido metálico del ascensor privado rompió el silencio del pasillo.

Richard caminó hacia mi recepción con seguridad. Su figura robusta y dominante, envuelta en un traje a la medida que resaltaba sus hombros anchos y su porte imponente, llenaba por completo el espacio. Se detuvo frente a mi escritorio, fijando sus ojos azules en los míos con una voracidad salvaje, como si intentara atravesar la tela de mi ropa.

—Buenos días, Sr. Foster —dije con voz neutra, poniéndome de pie—. La agenda del día está lista sobre su mesa y los informes bursátiles revisados.

Richard no miró los documentos. Se inclinó sobre la madera pulida, dejando que el calor de su cuerpo me llegara de golpe.

—Impecable como siempre, Karen —dijo con esa voz grave que me retumbó en la espalda—. Por eso eres la mejor secretaria que he tenido. Capaz, perfecta, no se te escapa un solo detalle.

Rodeó el escritorio hasta quedar a pocos centímetros de mí. Bajó la cabeza hacia mi oído y soltó un susurro sucio que me erizó los vellos del cuello:

—También la mañana de ayer me demostraste que no hay otra mujer más apasionada ni más insaciable que tú para estar en mi cama. Jamás he conocido a nadie con tus cualidades.

La proximidad de su cuerpo y el recuerdo del fin de semana me provocaron un vuelco en el vientre que me humedeció la entrepierna al instante. Sin embargo, no bajé la mirada ni retrocedí un solo milímetro. Me giré para encararlo de frente sin titubear.

—Acepto el trato, Richard —solté con firmeza, tuteándolo por primera vez en la oficina—. Voy a ser tu amante en privado. Pero bajo mis reglas.

Él levantó una ceja, sorprendido por mi temple, pero una sonrisa arrogante se le dibujó en la barba.

—¿Estás imponiendo condiciones? Habla.

—Primera: no quiero tu dinero, ni regalos caros, ni aumentos de sueldo sin justificación. Mi puesto me lo gano por mi capacidad. No voy a ser una mantenida a la que le pagas por sexo. Y segunda: voy a ser tu única mujer. Ya estás divorciado y eres un hombre libre, así que no hay excusas. En el momento en que me entere de que metes a otra en tu cama, esto se acabó. No comparto lo que me pertenece.

Él soltó una carcajada corta que le hizo temblar el pecho. La determinación en mi voz solo sirvió para encenderlo más.

—Hecho —dijo, tomándome la barbilla con su mano enorme—. No habrá nadie más. Eres mía exclusivamente.

Sin pedir permiso ni esperar a que dijera una palabra más, lo agarré de las solapas del traje, lo jalé hacia el interior de la presidencia y pateé la puerta de madera hacia atrás, cerrándola con un golpe seco que retumbó en el despacho.

Mi jefe me miró desconcertado por un segundo, pero antes de que pudiera reaccionar, le quité el saco y lo empujé con fuerza por el pecho contra el sofá de cuero negro. Cayó sentado con un gruñido ahogado, fascinado por la audacia con la que lo estaba encarando.

—Hoy me toca a mí tomar el control —le dije con la respiración agitada.

Me acerqué a él, me deslicé la lencería por las piernas hasta quitarla y se la tiré al regazo. Me subí la falda hasta la cintura de un solo tirón y me acomodé sobre sus muslos. Richard se quedó inmóvil por un instante, impactado al ver cómo me adueñaba de la situación. Bajé mis manos a su cintura, desabroché la hebilla de su cinturón con destreza y abrí la cremallera del pantalón. Saqué su miembro grueso y venoso, duro como el acero, acomodando la cabeza justo en mi entrada empapada.

—Mira cómo te monto —le dije mirándolo directo a los ojos.

Me dejé caer de golpe sobre él.

—¡Ahhh! —un gemido de placer se me escapó de la garganta cuando esa verga enorme me llenó por dentro, encajándose hasta el fondo de mi vientre de una sola estocada.

El magnate soltó un rugido animal, agarrando mis caderas con sus manos para no perder el control mientras yo empezaba a cabalgarlo con un ritmo intenso, subiendo y bajando sobre su miembro sin compasión.

—Estás completamente salvaje... qué mujer tan perra eres —gruñó con el rostro encendido, apretando mis nalgas con fuerza mientras me ayudaba a mantener el compás.

El chasquido húmedo de mi intimidad contra su pelvis llenaba toda la oficina. Yo no estaba buscando que me consolaran; estaba quemando el resto de la rabia y la humillación del fin de semana en un placer bruto que me pertenecía solo a mí. Me arqueaba sobre mi amante, clavándole las uñas en los hombros mientras sentía cómo su hombría entraba y salía tocando cada punto sensible.

—¡Dime que te gusta! —bramó Richard, alzando la cadera desde el sofá para clavar su verga aún más profundo—. ¡Dime que quieres tenerme dentro de ti!

—¡Sí! ¡Me gusta! ¡Me fascina! —le grité fuera de mí, acelerando el movimiento, sintiendo un calor acumularse en mi vientre hasta que las paredes internas empezaron a contraerse en espasmos violentos.

El orgasmo me invadió por dentro con la fuerza de un impacto. Me apreté con furia contra el miembro de mi jefe, que me agarró de la cintura y se impulsó hacia arriba dos veces más para llenarme por completo con su semilla. Caí colapsada sobre su pecho ancho, respirando a bocanadas, sintiendo su corazón latir como un tambor bajo mi mejilla. El sudor de ambos nos pegaba la piel y el aire del despacho olía a lujuria concentrada.

Despacio, Richard me tomó del mentón y me alzó la cara para buscarme la boca con un beso hambriento y cargado de posesión. Su lengua entró con fuerza, pero al rozar la comisura de mis labios y presionar con el pulgar para profundizar el contacto, solté un quejido involuntario de dolor.

Él se detuvo en seco. Rompió el beso y me miró de cerca, con la luz del ventanal dándole de lleno a mi rostro.

La fricción del acto y el sudor de la piel habían terminado por correr la capa de corrector.

Pasó su dedo pulgar con firmeza por mi mejilla, quitando el resto del maquillaje y dejando al descubierto la piel hinchada, reventada y amoratada de mi labio.

La fascinación de sus ojos desapareció al instante, reemplazada por una profunda y oscura rabia. Su cuerpo se puso rígido debajo del mío y sus facciones se endurecieron como el hierro.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó con una voz tan helada y amenazante que me erizó los vellos de la nuca—. ¿Qué miserable te puso la mano encima, Karen?

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