Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire dentro del despacho olía a semen, a cuero costoso y a frustración.
Hacía menos de veinte minutos, yo estaba sobre el sofá de piel negra tragándome los gemidos mientras cabalgaba a Richard con destreza. Ahora, tras pasar por el baño privado a lavarme las manos y retocar el maquillaje que ocultaba la marca, el espacio se sentía helado. Él estaba de pie frente al ventanal. La espalda le temblaba por la rigidez de los músculos. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón, pero la tela tensa en sus nudillos delataba que apretaba los puños hasta cortarse la circulación. Cuando escuchó el taconazo de mis zapatos al salir, se giró. No había rastro del hombre que me había arrastrado a un clímax intenso hacía un momento. Su rostro era una máscara de piedra tallada a golpes. La barba se le marcaba por la presión de la mandíbula y en sus ojos azules solo quedaba una sombra peligrosa. Fijó la vista en mi cara. Específicamente en el lado izquierdo de mi boca, donde la carne estaba abierta y el labio inferior pulsaba con un dolor caliente, a pesar de que la capa de cosmético lograra disimularlo ante los demás. —¿Quién fue? —soltó. La voz no le salió de la garganta; le vino del fondo del estómago, áspera, rota como grava masticada. Me crucé de brazos a tres pasos de su escritorio de caoba. No iba a encogerme. La dignidad era lo único que no me iba a quitar nadie. —No es asunto tuyo, Richard. Dio un paso hacia mí. La sombra de su cuerpo me cubrió por entero, ocultando la luz que entraba por el cristal. —No te lo estoy preguntando para hacer conversación, Karen —dijo, bajando el tono a un murmullo que rozaba la amenaza pura—. Te estoy preguntando el nombre del hijo de puta que se atrevió a ponerte la mano encima. —Fue mi ex… Peter —solté sin pestañear, masticando el nombre como si fuera veneno—. Entró a mi departamento ayer con la copia de las llaves que se negó a devolverme. Cuando vio que no iba a rogarle que se quedara y le dije la clase de inútil que era, reaccionó así. Vi el momento exacto en que a mi jefe se le rompió la cordura por dentro. La vena de su sien izquierda comenzó a latir como un gusano bajo la piel. Sus respiraciones se volvieron lentas, pesadas, violentas. —Me dio una bofetada. Pero la policía ya tomó declaración y hay una denuncia interpuesta. El asunto está en manos de la justicia. Richard soltó una risa. Un sonido seco y carente de humor que me erizó los pelos del cuello. —¿La policía? —Redujo la distancia que nos separaba hasta que la punta de sus zapatos tocó los míos. El calor que salía de él era sofocante, mezclado con el olor a su loción—. Confías en un pedazo de papel para que un desquiciado no vuelva a tocarte. Eres muy inteligente para los negocios, Karen, pero para esto eres una completa tonta. —Cuidado con cómo me hablas —advertí, clavándole los ojos. Él me agarró de la barbilla. Fue un toque suave, pero firme. —Voy a averiguar todo sobre ese perro —susurró, pegando su boca a la mía, tan cerca que sentí el roce de sus labios—. Voy a mover mis contactos. A medianoche no va a tener trabajo, no va a tener cuenta bancaria y no va a tener un solo lugar donde esconderse en esta ciudad. Y si vuelve a pisar tu calle, lo van a sacar de ahí en una bolsa de basura. ¿Me oíste? La sangre me hirvió. Me zafé de su agarre, pero él ni se inmutó. —Basta, Richard —dije con la voz vibrando de rabia—. No vas a hacer absolutamente nada. No eres mi dueño. No eres mi esposo, ni mi novio, ni mi puta sombra. Acepté estar en tu cama bajo reglas claras: sexo, discreción y cero ataduras. Fuera de este despacho no tienes ningún derecho sobre mi vida. —Te dejaron una marca en la cara —escupió él, apretando las manos—. Tocaron algo que me pertenece. ¿Crees que me importa tu maldita independencia cuando veo tu labio roto? Eres mía, Karen. Lo fuiste cuando te abrí de piernas en mi cama y lo eres cada vez que te corres gritando mi nombre. Ningún bastardo toca lo que es mío y camina al día siguiente como si nada. —¡Vete al infierno! —le grité en la cara, empujándolo con ambas manos en el pecho. Logré hacer que diera medio paso atrás por la pura sorpresa de ver mi reacción. La respiración me salía a tirones. —No soy una de tus propiedades en la zona sur —le espeté, señalándolo con un dedo tembloroso—. No soy un terreno que compras para mearlo y marcar territorio. Mi ex es un problema mío. La bofetada la recibí yo. La denuncia la puse yo. Y no voy a permitir que un macho con complejo de Dios venga a arruinar mi proceso legal solo para alimentar su ego. Si tocas a Peter, si mandas a tus matones o si haces una sola llamada, renuncio hoy mismo. Y te juro por lo más sagrado que no me vuelves a ver las piernas en tu vida. El silencio volvió a caer sobre la oficina, pesado como una losa de cemento. Richard me miró. Los ojos azules se le habían dilatado mostrando una mezcla de rabia, posesividad y deseo reprimido. Un músculo en su mejilla no dejaba de dar saltos. Sabía que estaba acostumbrado a que los hombres más poderosos del país se arrastraran en su presencia. Sabía que nadie le decía que no. Y ahí estaba yo, una mujer con la boca rota y con su leche fresca en mi entrepierna, desafiándolo en su propio imperio. —Tienes diez minutos para preparar los informes del comité —dijo. Su voz había vuelto a ser esa lámina de acero pulido, fría y profesional, pero la tormenta en sus ojos seguía intacta—. Sal de mi vista. No esperé a que me lo dijera dos veces. Giré sobre mis tacones, abrí la puerta pesada y salí a la recepción. Al cerrar, el estruendo de un objeto de cristal estrellándose contra la pared dentro del despacho hizo temblar la madera. Cerré los ojos un segundo, tragué saliva para pasar el nudo de adrenalina que tenía en la garganta y me senté en mi escritorio. Mis manos temblaban de forma incontrolable sobre el teclado, pero me obligué a respirar hondo. Durante las siguientes ocho horas, el piso ejecutivo fue un infierno silencioso. Richard no volvió a salir. Pedía archivos a través del intercomunicador con monosílabos helados. Atendió al comité de inversiones con una agresividad financiera implacable, destrozando a los socios en la mesa de negociación como si estuviera descuartizando a un enemigo. Yo me mantuve erguida, atendiendo llamadas, redactando correos, actuando como la secretaria perfecta mientras la vagina me escocía por el sexo de la mañana. A las seis de la tarde, las luces del piso corporativo se apagaron automáticamente. Todo quedó en una penumbra dorada por el sol de la tarde. Guardé mis cosas en el bolso, apagué la pantalla y me puse el abrigo. Solo quería llegar a mi departamento, servirme un vaso de whisky y ponerle hielo a mi cara. Caminé hacia la zona de los ascensores y presioné el botón de bajada. El timbre metálico resonó en el pasillo vacío. Antes de que las puertas de acero se abrieran, la puerta de la presidencia se abrió de golpe. Richard salió sin el saco. Llevaba la camisa blanca abierta en los dos primeros botones, las mangas arremangadas hasta los codos mostrando los antebrazos peludos, y la corbata completamente floja. Caminaba hacia mí como un depredador que hubiera estado esperando todo el día en la oscuridad. —Se acabó la hora de trabajo, Karen —dijo, deteniéndose a unos centímetros de mí. —Lo sé, Sr. Foster. Por eso me retiro a mi casa —respondí con frialdad, mirando fijamente la luz roja del ascensor que subía desde el piso diez. Sin previo aviso, Richard colocó la palma de su mano contra el marco de acero del ascensor, justo al lado de mi oreja. Con la otra mano, agarró mis caderas y me jaló hacia su cuerpo con fuerza. Él se metió entre mis piernas, acorralándome por completo y pegando mi espalda a la pared. —Te dije que no jugaras conmigo —susurró contra mi oído. Su aliento quemaba. Olía a whisky caro y a tabaco—. Te aguanté las insolencias todo el día porque había gente afuera. Pero no te vas a ir a tu casa a encerrarte a pensar en ese infeliz. —Déjame ir, Richard —jadeé, sintiendo cómo el corazón me martilleaba las costillas. La cercanía de su cuerpo robusto, el olor de su piel y la fuerza en sus brazos me provocaban una sacudida eléctrica directamente en el vientre—. Dijiste que la jornada había terminado. —Para la empresa, sí —dijo, bajando la cabeza hasta meter la nariz en mi cuello, aspirando mi perfume con una avidez devoradora—. Para nosotros, no. Te vienes conmigo a mi penthouse. —¡No voy a ir a ningún lado contigo en este estado! —intenté empujarlo, pero era como tratar de mover una pared de granito. Richard me atrapó ambas muñecas con una sola de sus manos gigantescas y las sujetó por encima de mi cabeza, clavándome contra el muro. Con la mano libre, me tomó de la nuca, obligándome a mirarlo. —No te estoy pidiendo permiso —dijo con la voz rasgada por la obsesión—. Voy a hacer que se te olvide la mano de ese imbécil en tu cara. Voy a dejarte marcas nuevas por todo el cuerpo para que recuerdes a quién perteneces. El ascensor llegó con un ding metálico y las puertas se abrieron a nuestro lado. Antes de que pudiera zafarme, la pantalla de mi celular, que llevaba en la mano atrapada contra la pared, se iluminó en la penumbra. Un mensaje de texto de un número desconocido apareció en la pantalla encendida: “Sé que ya terminó tu hora de trabajo, perra. Estoy abajo en el estacionamiento esperándote. O bajas en cinco minutos, o subo yo a buscarte.” Richard desvió los ojos hacia la pantalla. Leyó el mensaje. Sentí el cambio instantáneo en su anatomía. Su cuerpo se volvió rígido como el acero. Lentamente, levantó la mirada hacia mí. Sus ojos ya no tenían nada de humanos. —Dime que es él —pidió en un susurro mortal.






