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El cuarto quemaba. El aire estaba cargado de olor a sudor y a semen. Me tenían sometida completamente contra el colchón, hundiéndome una polla con embestidas brutales, secas y sin pausa que me sacaban gemidos descontrolados. Era un hombre robusto cubierto por una capa gruesa de vello negro que me raspaba deliciosamente la piel de mis senos grandes y erguidos. Su peso era masivo, bruto, pero muy excitante. Sus manos enormes me agarraban las piernas y me las abrían de par en par, dejándome por completo a su antojo.
—Así, zorra. Ábrete bien para mí… deja que te llene toda —me gruñía al oído, ahogado en su propio placer. —¡Eso! ¡Ábreme en dos! ¡No pares de meterme esa verga! —le gritaba yo, poseída por la lujuria. Su miembro, enormemente grueso, duro como una piedra, entraba y salía de mi vagina completamente empapada. Me montaba como un animal, con un ritmo salvaje que hacía chocar la cama contra la pared. No había nada de delicadeza en él. Su boca besaba la mía con una voracidad salvaje, raspando mi piel con su barba, para luego bajar rápidamente buscando mi pecho, atrapándolo y mordiendo y succionando con dureza mis pezones, lo que me arrancaba gemidos intensos de la garganta. El dolor mezclado con el placer extremo me hacía arquearme y arañarle la espalda con las uñas. —Qué deliciosos pechos tienes… ricos, grandes, perfectos para chuparlos siempre —decía sofocado. Cada golpe de sus caderas contra las mías producía un sonido húmedo y sucio que marcaba el paso de nuestra locura. Me penetraba como un hombre poseído, me dominaba como un macho a su hembra. Mi cuerpo respondía a cada embestida con espasmos involuntarios; la fricción de su verga chocando contra mis paredes internas me estaba llevando directo al límite. Sus labios abandonaron mi busto para subir hasta mi cuello, dejando besos húmedos y mordiscos posesivos mientras aumentaba el ritmo. Aquello era un frenesí asfixiante. Yo ya no gemía; le suplicaba que no parara. Sentía el sudor de su frente goteando sobre mi abdomen mientras él gruñía cerca de mi oído, un sonido gutural, masculino y cargado de satisfacción. —¡Te voy a llenar! ¡Voy a soltar toda mi leche, puta! La tensión en mi vientre se volvió insoportable, un nudo de calor sofocante que terminó por estallar en un clímax que me hizo sacudir la cadera contra la suya. Las paredes de mi concha se apretaron como un puño alrededor de su verga tiesa, dándome un orgasmo explosivo que me hizo temblar entera, justo cuando él encajó una última estocada al fondo y empezó a vaciarse a chorros dentro de mí. —¡Sí! ¡Dámela toda! ¡Lléname de leche! Un dolor de cabeza espantoso me sacó de ese placentero sueño. Poco a poco, los restos del recuerdo se desvanecieron. Abrí los ojos sintiendo que el cerebro se me iba a reventar. Parpadeé varias veces para ajustar la vista. La luz del sol se metía a la fuerza por una rendija de las cortinas. Mi boca estaba seca, como si hubiera tragado arena, y mi garganta ardía por los gritos que no recordaba haber emitido. Miré hacia arriba. El techo no era el blanco de mi apartamento; era de vigas de madera costosa, y las paredes tenían un papel elegante. Un ventanal enorme dejaba ver las copas de unos árboles altos, bañados por la luz fría de la primera hora de la mañana. Traté de mover las piernas, pero los dolores musculares no lo permitieron. En mi entrepierna sentía un ardor caliente, y la piel de los muslos estaba toda pegajosa. Las sábanas de seda que cubrían mi cuerpo desnudo tenían un perfume masculino penetrante. El sudor frío de la incertidumbre empezó a crecer en mi nuca. ¿Dónde demonios estoy? ¿Qué pasó anoche? Los recuerdos de horas atrás eran un rompecabezas al que le faltaban piezas. Recordaba la música fuerte, varias copas de licor en la mano, gente riéndose... luego una neblina que lo cubría todo hasta llegar al recuerdo del pecho aplastado, los gemidos en la oscuridad y las embestidas de ese cuerpo imponente. Quise saltar de la cama para buscar mi ropa y salir huyendo de ahí, pero no pude. Un brazo enorme, grueso y cubierto de un denso vello oscuro me cruzaba la cintura. Tenía una mano grande agarrada a mi cadera que me dejaba atrapada en la cama. El desconocido quemaba; era el mismo calor de la noche anterior. El corazón empezó a latir frenéticamente contra mis costillas. Contuve el aliento, sintiendo cómo mi pecho sensible subía y bajaba de manera irregular. Tragué saliva y, muy despacio, fui girando la cabeza hacia el lado derecho de la almohada. A pocos centímetros de mí dormía un hombre. Tenía un rostro de facciones maduras, con una barba negra bien poblada y algunas canas que le asomaban. Era grande, robusto, de hombros anchos que ocupaban parte del colchón. Respiraba pesado, profundo, ajeno al caos que se estaba desatando dentro de mí. Era el mismo que me había poseído en la oscuridad. El que me usó a su antojo y que todavía me tenía amarrada a su cuerpo en una habitación extraña. Pero lo peor de todo no era eso... Es que el extraño no lo era en absoluto.






