El cuarto quemaba. El aire estaba cargado de olor a sudor y a semen. Me tenían sometida completamente contra el colchón, hundiéndome una polla con embestidas brutales, secas y sin pausa que me sacaban gemidos descontrolados. Era un hombre robusto cubierto por una capa gruesa de vello negro que me raspaba deliciosamente la piel de mis senos grandes y erguidos. Su peso era masivo, bruto, pero muy excitante. Sus manos enormes me agarraban las piernas y me las abrían de par en par, dejándome por completo a su antojo.—Así, zorra. Ábrete bien para mí… deja que te llene toda —me gruñía al oído, ahogado en su propio placer.—¡Eso! ¡Ábreme en dos! ¡No pares de meterme esa verga! —le gritaba yo, poseída por la lujuria.Su miembro, enormemente grueso, duro como una piedra, entraba y salía de mi vagina completamente empapada. Me montaba como un animal, con un ritmo salvaje que hacía chocar la cama contra la pared.No había nada de delicadeza en él. Su boca besaba la mía con una voracidad salvaje
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