Calista
Por la mañana desperté temprano para terminar de empacar lo que llevaría a casa de mis padres, entre esas cosas las de Aetos. Quien aún dormitaba perezoso sobre la cama, con las sábanas cubriéndole solamente el trasero y dejando a la vista su espalda y sus gruesas piernas. Usé todo mi autocontrol para no lanzármele encima y me sentí un tanto avergonzada al ver las marcas de mis uñas en su piel.
Sacudí mi cabeza espantando cualquier pensamiento impuro y corrí a la ducha, dejando que la