Aetos
En silencio observé sus ojos nerviosos, sus manos sudando y removiéndose inquieta por lo que acababa de revelar. Una noticia que agitó mi corazón y que venía asimilando desde hace una semana.
—Lo sé —le dije llevando una de mis manos a su mejilla y acariciarla suavemente.
—¿Lo sabes? —preguntó aturdida, parpadeando y esfumando todo nerviosismo en ella.
—Si —sonreí a medias —conozco todo de ti, Calista. ¿Creíste que no me iba a dar cuenta de tu pequeño vientre abultado?
Lo noté el fin