Daniel soltó un fuerte suspiro y se enderezó la camisa antes de acercarse a la mujer del mostrador, tan absorta en su trabajo que no le vio acercarse.
—Hola—, sonrió cuando la mujer levantó la cabeza.
—Hola—, respondió entusiasmada. —¿En qué puedo ayudarle, señor? —, preguntó la tímida rubia, con los ojos de un azul brillante y una sonrisa que correspondía a su calidez.
—¿Está su jefe? —, preguntó a la espera de una respuesta.
—Sí, está. ¿Tiene una cita? —, preguntó la sec