Ambos llegaron al bufete de abogados, en menos de minutos, las manos de Daniel envolvían protectoramente los hombros de Fátima mientras caminaban.
—¡No puedo creer que sea aquí!— Fátima sonrió, con una amplia sonrisa.
Daniel le apretó los hombros para tranquilizarla.
—Más vale que lo creas, nena—, le dijo suavemente, acercándose para darle un pequeño beso en la cabeza.
Se dirigieron al despacho de Mateo, en la cuarta planta del edificio. No fue hasta hacía un año que Mateo se aventuró en