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Comimos en silencio. Erick estaba inusualmente callado y, por la expresión de su cara, me di cuenta de que quería decir algo, pero no sabía cómo. Me quedé callada, dándole la oportunidad de ordenar sus pensamientos. Cuando se acabó la comida y aún no había dicho nada, me crucé de brazos sobre la mesa, mirándole fijamente.

—Bien, dímelo—, le pedí.

—¿De qué estás hablando? —, preguntó, mirándome sorprendido.

—Tienes algo en la cabeza que quieres decir. Te conozco de toda la vida, Erick, no pue
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