Carmen Rodríguez estaba sentada en el sillón grande del salón, con una copa de vino en la mano que no había probado en varios minutos.
Las uñas chocaban contra el cristal como si marcara un ritmo nervioso. No dejaba de mirar hacia la puerta, esperando a Abel.
Él entró sin tocar, con pasos rápidos y un rostro tan pálido que Carmen sintió un latigazo de miedo.
—¿Qué hiciste? —preguntó ella de inmediato, como si temiera que su hijo hubiese asesinado a alguien.
Pero Abel no respondió.
Se limitó a abrir la mano. Tenía una foto arrugada, doblada, con los bordes manchados por el suelo de la habitación de Amanda. Carmen frunció el ceño. Abel le entregó la fotografía sin hablar. Ella la tomó y, al verla, arqueó las cejas.
—¿Qué es esto? —preguntó, aunque ya intuía que no era una foto común.
—Míralo bien —dijo Abel, señalando la figura de un hombre detrás de los niños—. Míralo.
Carmen observó la imagen con más detenimiento. Había una pareja adulta, los padres de Amanda. Dos niños tomados de la