Carmen Rodríguez estaba sentada en el sillón grande del salón, con una copa de vino en la mano que no había probado en varios minutos.
Las uñas chocaban contra el cristal como si marcara un ritmo nervioso. No dejaba de mirar hacia la puerta, esperando a Abel.
Él entró sin tocar, con pasos rápidos y un rostro tan pálido que Carmen sintió un latigazo de miedo.
—¿Qué hiciste? —preguntó ella de inmediato, como si temiera que su hijo hubiese asesinado a alguien.
Pero Abel no respondió.
Se limitó a a