La casa que alguna vez compartió con Amanda tenía un olor rancio, como si el resentimiento fuera capaz de impregnar las paredes.
Abel llevaba más de una hora caminando de un lado a otro, soltando maldiciones, revisando documentos, tirando al piso lo que encontraba y rompiendo lo que le daba la gana. Nada lo calmaba.
La demanda.
Había llegado apenas dos horas antes, justo antes de las diez de la mañana, fresca como una amenaza y pesada como una losa.
Su madre estaba histérica, pero no porque le importara Amanda: lo que la asustaba era la cantidad absurda de pruebas que habían puesto sobre la mesa. No había grietas, no había espacio para negar nada. Era tan claro que hasta un juez novato podría mandarla a prisión sin pestañear.
Y Abel lo sabía.
Todo el país lo sabría en cuestión de semanas.
No había espacio para pelear.
No esta vez. Si hubiese sido contra Amanda, quizás, pero esta lucha era contra Eric Sanders.
Su madre hablaba de acuerdos, de compensaciones, de intentar frenar la cárce