La casa que alguna vez compartió con Amanda tenía un olor rancio, como si el resentimiento fuera capaz de impregnar las paredes.
Abel llevaba más de una hora caminando de un lado a otro, soltando maldiciones, revisando documentos, tirando al piso lo que encontraba y rompiendo lo que le daba la gana. Nada lo calmaba.
La demanda.
Había llegado apenas dos horas antes, justo antes de las diez de la mañana, fresca como una amenaza y pesada como una losa.
Su madre estaba histérica, pero no porque le