La habitación estaba casi en penumbra cuando Eric cerró la puerta con cuidado. Era pequeña, demasiado pequeña para él, que se movía inquieto como si no hubiera espacio suficiente para contener la tensión que llevaba en el cuerpo desde que Amanda cayó en sus brazos sangrando.
Caminaba de un lado a otro, respirando de forma irregular, dispuesto a arrancarse el corazón si eso la mantenía con vida. Cada vez que miraba la cama, volvía a empezar el recorrido, incapaz de quedarse quieto. Era como ver a un hombre atrapado entre miedo y culpa, intentando que el suelo no se abriera bajo él.
Amanda estaba despierta, pero apenas. Sentía el cuerpo pesado, como si sus huesos necesitaran ayuda para sostener hasta el aire.
Intentó hablar.
—E…ric…
Pero su voz no salió. Era solo un aire que no llegó a ser palabra.
Él la escuchó igual. Giró tan rápido que parecía que alguien lo hubiese llamado a gritos.
Se acercó y se inclinó sobre ella, sin tocarla. Como si cualquier roce pudiera quebrarla.
—Aquí estoy