Evan detuvo el coche frente a la casa donde hasta hace nada vivía con su esposa. La estructura seguía allí, inmóvil bajo la luz mortecina del atardecer.
Era un esqueleto de lo que pudo ser: la casa familiar, la vida que él había imaginado con Amanda y los bebés. Aparcó en la entrada de gravilla, apagó el motor y se quedó un momento con las manos sobre el volante, como si aferrándose a algo sólido pudiera detener el vacío que le crecía dentro.
Entró. El silencio era absoluto, eco de sus pasos en el suelo de madera sin alfombras. Subió las escaleras despacio, como quien se acerca a un lugar sagrado que ya no le pertenece. La puerta del que iba a ser el cuarto de los niños estaba entreabierta. Empujó y entró.
La habitación estaba vacía. Las paredes pintadas de un azul suave, el suelo desnudo, la ventana que daba al jardín trasero. Se sentó en el centro del cuarto, con la espalda contra la pared, y sacó la botella de whisky que había comprado de camino. La abrió, dio un sorbo pequeño, ca