Evan detuvo el coche frente a la casa donde hasta hace nada vivía con su esposa. La estructura seguía allí, inmóvil bajo la luz mortecina del atardecer.
Era un esqueleto de lo que pudo ser: la casa familiar, la vida que él había imaginado con Amanda y los bebés. Aparcó en la entrada de gravilla, apagó el motor y se quedó un momento con las manos sobre el volante, como si aferrándose a algo sólido pudiera detener el vacío que le crecía dentro.
Entró. El silencio era absoluto, eco de sus pasos e