Abel Rodríguez condujo hasta las afueras de la ciudad bajo un cielo gris que parecía reflejar su estado de ánimo.
Aquella visita siempre le costaba mucho, no porque no deseara verla, sino por lo mal que la pasaba al ver a su madre allí, encerrada.
La prisión de mujeres donde cumplía condena su madre, Carmen, era un edificio cuadrado y gris, rodeado de alambradas altas y torres de vigilancia que se recortaban contra el horizonte como dientes oxidados. Aparcó en el lote visitante, apagó el motor