Abel Rodríguez estaba sentado en el salón de su casa. El reloj marcaba las dos de la madrugada, pero el sueño no llegaba.
El vaso de whisky —el tercero o cuarto— estaba a medio terminar en la mesa baja, el hielo derretido dejando un círculo húmedo en la madera. Frente a él, el móvil abierto en una página de contactos que no debería tener.
La demanda de Amanda le quemaba en la mente, grabada a fuego, por la complejidad de la situación no podía pensar en otra cosa que no fuese eso.
Era la segunda