Entraron a la tienda de bebés sin que Amanda respondiera a la pregunta.
La música ambiental era suave, una melodía de cuna instrumental que flotaba entre las estanterías llenas de colores pastel. Amanda sintió que el peso de la discusión anterior se disipaba un poco, reemplazado por algo más ligero, casi mágico. Eric caminaba a su lado, las bolsas de la ropa de ella en una mano, la otra libre como si esperara permiso para tocar.
La tienda era un mundo en miniatura: bodies diminutos colgados en perchas bajas, pijamas con estampados de conejitos y estrellas, vestiditos con volantes que parecían hechos para muñecas. Amanda se detuvo frente a una sección de bodies blancos con bordados delicados. Tomó uno, tamaño recién nacido, y lo desplegó contra su vientre.
—Mira esto —dijo, la voz baja, casi un susurro—. Es tan pequeño… No me cabe en la cabeza que quepan aquí dentro.
Eric se acercó, miró la prenda en sus manos. Sus dedos rozaron los de ella al tomar el body.
—Dos como estos —murmuró—.