La casa olía a madera vieja y a pan tostado, ese aroma que siempre flotaba en las mañanas tranquilas.
Evan caminaba descalzo por el pasillo, cuidando de no hacer ruido. La puerta del dormitorio de su madre estaba entreabierta. Él la empujó apenas unos centímetros y asomó la cabeza.
Ella aún dormía.
Su corazón aceleró. No por miedo, sino por la emoción infantil de estar a punto de hacer algo importante. Había pensado en ello toda la semana. Amanda cumplía años ese día, y él quería darle algo que