Eric llegó a la casa de Amanda sin perder un segundo más, con tres camionetas detrás y una nube de periodistas que ya había tomado todo el vecindario.
Los guardaespaldas bajaron antes que él, abriendo paso como podían, usando los brazos para bloquear cámaras, micrófonos y empujones. La multitud gritaba su nombre, buscaban su rostro, querían respuestas, querían sangre, querían cualquier palabra que les diera un titular más jugoso que el anterior.
Eric no los escuchaba. Solo veía la puerta blanca