Emeliando suspiró, bastante cansado de los deseos de su padre. Y es que Catalina ya se había negado rotundamente. Además, su hijo tampoco andaba escaso de dinero: Edgar poseía una fortuna casi equivalente a la de su abuelo, fruto de su propio esfuerzo.
«Papá, ¿no se ha negado ya Catalina a heredar todo tu patrimonio? Además, Edgar ya tiene mucho dinero. Es capaz de mantener a su esposa con el fruto de su duro trabajo. Igual que yo. No necesitamos tu herencia», dijo Emeliando, quien inmediatamen