Edgar no apartó inmediatamente los labios, aunque había oído claramente las palabras de su madre. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de los labios de su mujer. Esos labios que eran su adicción, que siempre le dejaban con ganas de más. Ahora que podía volver a sentir los labios de su mujer, no podía desperdiciar esta oportunidad. Tenía que disfrutarlos a fondo hasta alcanzar la satisfacción.
—¡Edgar, Catalina! ¿Estáis los dos ahí dentro? —preguntó Sofía mientras volvía a llamar a la puerta del