Capítulo 48: La negación

La felicidad que Elena había sentido durante aquella tarde en el jardín se vio interrumpida apenas dos días después, cuando Dante recibió una llamada urgente de su equipo de seguridad, informándole sobre movimientos financieros sospechosos que Bruno había estado realizando, aparentemente destinados a financiar algún tipo de operación considerablemente más ambiciosa que cualquier ataque anterior.

—Necesito investigar esto con mucho cuidado —dijo Dante, esa misma noche, con una expresión tensa que Elena reconocía como el preludio de aquella determinación implacable que tanto la preocupaba.

—Dante, recuerda lo que hablamos hace unas semanas —dijo Elena, con cautela, notando cómo la tensión comenzaba a apoderarse nuevamente de su esposo —Sobre encontrar un equilibrio, sobre no dejar que el miedo dicte tus reacciones.

—Lo sé, Elena, pero esta vez la amenaza parece considerablemente más seria —respondió Dante, con una frialdad que Elena no había presenciado desde hacía semanas, desde antes de que ambos comenzaran a compartir aquella cercanía genuina —No puedo permitirme ninguna vulnerabilidad mientras exista un riesgo real hacia nuestra familia.

Los días siguientes, Elena notó un cambio gradual pero innegable en el comportamiento de Dante: comenzó a pasar más tiempo encerrado en su despacho, revisando documentos hasta altas horas de la madrugada, evitando cada vez con mayor frecuencia los momentos de cercanía genuina que habían compartido durante las últimas semanas.

—Dante, ¿podemos hablar? —preguntó Elena, una noche, encontrándolo todavía trabajando en su despacho, mucho después de la hora en que normalmente compartían la cena juntos.

—Elena, estoy ocupado en este momento —respondió Dante, sin siquiera levantar la vista de sus documentos, con un tono considerablemente más distante del que había utilizado durante las últimas semanas.

—Dante, llevas días evitándome —insistió Elena, sintiendo una inquietud creciente ante aquel cambio tan abrupto —¿Sucede algo que quieras contarme?

Dante finalmente alzó la vista, y Elena notó, con una preocupación considerable, una expresión distante en sus ojos que le recordaba dolorosamente a la frialdad que había caracterizado los primeros días de su matrimonio, meses atrás.

—Elena, he estado pensando mucho durante estos días —dijo finalmente, con una voz que había perdido por completo la calidez que había compartido con ella recientemente —Y creo que quizás nos precipitamos demasiado rápido en profundizar esta relación.

Elena sintió que el corazón se le detenía momentáneamente ante aquellas palabras tan inesperadas y dolorosas.

—¿Qué estás diciendo exactamente, Dante? —preguntó, con la voz temblorosa.

—Estoy diciendo que quizás cometí un error al permitir que esta relación avanzara hacia un territorio tan profundamente emocional —respondió Dante, con una frialdad que contrastaba dolorosamente con la ternura que había mostrado apenas días atrás — Considerando la amenaza actual que representa Bruno, necesito mantener la claridad mental necesaria para proteger a nuestra familia, y esa claridad se ve considerablemente comprometida cuando permito que mis emociones dicten mis decisiones.

—Dante, no entiendo —dijo Elena, sintiendo que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos ante la confusión y el dolor genuino de aquella conversación —Hace apenas unos días me dijiste que me amabas profundamente, que querías construir una vida real conmigo. ¿Ahora me estás diciendo que fue un error?

—No puedo darte el tipo de amor que mereces, Elena —dijo Dante, con una voz que reflejaba una lucha interna evidente, aunque su determinación de mantener aquella distancia parecía inquebrantable —Cada vez que permito que mis sentimientos hacia ti se profundicen, siento que pierdo parte de la claridad estratégica necesaria para protegerte adecuadamente. Y no puedo arriesgarme a que mis emociones comprometan tu seguridad, ni la de nuestro hijo.

—Eso no tiene ningún sentido, Dante —protestó Elena, sintiendo una indignación creciente mezclada con un dolor profundo —El amor genuino no compromete tu capacidad de protegernos. Al contrario, te da una razón mucho más poderosa para hacerlo.

—Quizás para otras personas funcione de esa manera, Elena, pero para mí no —respondió Dante, con una frialdad que Elena sentía como una puñalada directa hacia el corazón —Cada vez que amé profundamente a alguien, terminé perdiéndola de todos modos, ya sea por traición o por muerte. No puedo permitirme repetir ese patrón contigo.

—Entonces prefieres alejarte preventivamente, ¿es eso? —preguntó Elena, con la voz quebrada por la emoción —¿Prefieres negarte a ti mismo la felicidad genuina que hemos construido juntos, simplemente por miedo a experimentar nuevamente el dolor de una pérdida?

Dante guardó silencio, y Elena pudo notar, con una claridad dolorosa, que aquella pregunta tocaba exactamente la raíz del conflicto interno que su esposo estaba enfrentando en aquel momento.

—Elena, necesito mantener cierta distancia emocional, al menos hasta que resolvamos completamente la amenaza que representa Bruno —dijo finalmente Dante, con una voz que sonaba más a una excusa desesperada que a una convicción genuina —Considera esto simplemente una medida temporal de protección, no un rechazo definitivo hacia lo que hemos construido juntos.

—Dante, eso suena exactamente igual a un rechazo, sin importar cómo intentes justificarlo —respondió Elena, sintiendo que las lágrimas finalmente comenzaban a caer libremente por sus mejillas —Después de todo lo que compartimos, después de todas las promesas que me hiciste hace apenas unos días, ¿ahora simplemente decides retirarte, dejándome sola con esta incertidumbre?

—No es mi intención lastimarte, Elena —dijo Dante, con una expresión que reflejaba genuinamente cierto dolor ante la angustia evidente de su esposa, aunque sin lograr flexibilizar completamente su determinación de mantener aquella distancia —Simplemente necesito tiempo para procesar todo esto correctamente, sin que mis emociones comprometan mi capacidad de protegerte adecuadamente.

Elena se levantó, sintiendo que la herida provocada por aquellas palabras resultaba considerablemente más profunda que cualquier ataque externo que hubieran enfrentado juntos hasta el momento.

—Está bien, Dante —dijo, con una voz que luchaba por mantener cierta dignidad, a pesar del dolor evidente que sentía —Tómate el tiempo que necesites. Pero quiero que sepas que esta decisión tuya me lastima profundamente, especialmente considerando todo lo que hemos construido juntos durante estos últimos meses.

Se retiró del despacho, dirigiéndose hacia la suite principal que habían compartido durante las últimas semanas, sintiendo que aquel espacio, que apenas días atrás representaba la culminación hermosa de su amor genuino, ahora se sentía extrañamente vacío ante la ausencia repentina de la cercanía emocional que Dante había decidido retirar tan abruptamente.

Mientras se preparaba para dormir sola aquella noche, Elena no pudo evitar preguntarse si aquel retroceso repentino de Dante representaba simplemente una reacción temporal ante el miedo renovado hacia la amenaza de Bruno, o si, por el contrario, revelaba una fragilidad mucho más profunda en la capacidad genuina de su esposo para sostener, a largo plazo, el tipo de amor vulnerable y comprometido que ambos habían comenzado a construir juntos con tanta ternura durante las últimas semanas.

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