—Que la luna escuche nuestro dolor —gritó la voz de un joven lobo—, y que su luz calme nuestras almas heridas.
—Su legado no se ha extinguido —respondió Kyra, su voz firme como el lecho de roca debajo de ellos, pero imbuida de una cadencia mística. —Cada uno de ustedes lleva una chispa de lo que Daniel ha construido. Y juntos, somos un infierno que ninguna tormenta puede apagar.
—Un infierno de unidad.—afirmó Benjamín, dando un paso adelante, con postura de guardián, de hermano de armas que ha