El cielo oscuro se tiñó de tonos de malva intenso y cobalto cuando Daniel y Benjamín se acercaron al claro donde se encontraba Nicolli, su forma era una mancha no deseada. El aire estaba cargado de anticipación, cada respiración era un juramento silencioso de ajuste de cuentas inminente.
—Muéstrame a mi hijo. —la voz de Daniel era un gruñido controlado, que no traicionaba la tempestad que se estaba gestando dentro de él. Sus ojos, dos orbes de obsidiana, estaban fijos inquebrantablemente en la