Isabella.
La cara de mi madre parecía un poema. Se veía incrédula y con un gesto de molestia que no podía disimular ni se esforzaba en hacerlo.
Para ella era un sacrilegio que se hablara de sexo y en pocas frases, Aiden le dijo muchas cosas que ni en un millón de años ella querría escuchar.
Escondí la risa, aunque de nada sirvió ya que me acribilló con los ojos al ver que su nuevo yerno desapareció en su despacho.
__ ¿Con él te casaste? - inquirió. - ¿Ves todo lo que me dice? Es un pervertido