Como si le hubiera caído un balde de agua fría, Clarice se queda paralizada en su sitio mientras observa la escena más dolorosa de su vida.
Nunca antes había sentido un dolor tan desgarrador, el vacío de la decepción y la amargura de percibirse a sí misma como un ser tan insignificante.
«¿Qué esperaba? Tampoco soy tan importante para que él se guarde para mí», piensa dolida.
Por su parte, Arel empuja a la extraña y se sube los pantalones, entonces salta en dirección de Clarice con temblores en