Alán sintió el corazón golpearle las costillas. Cada latido era un puñetazo sordo contra el pecho.
Sus ojos grises, intensos, permanecían fijos en los de ella. Los ojos cafés de Lena, bellos y expresivos, estaban a centímetros de los suyos. Y detrás de ese brillo líquido, Alán pudo ver el dolor.
Ese beso que ella le había dado no era algo que ella de verdad quisiera. No en el fondo. Era un escape. Una manera de huir de su realidad: sufrir por la traición de ese maldito ruso que la había dest