—Señor Montoya. Tengo un trabajo para usted —la voz áspera de Abel al otro lado de la línea interrumpió la calma de la noche.
Alán giró un poco la cabeza y de reojo vio a su esposa, quien parecía absorta en su teléfono. No la quería preocupar con esos asuntos oscuros, así que se aclaró la garganta con suavidad, se levantó de la cama con sigilo y caminó a paso lento hacia el pasillo, afuera de la habitación.
—¿Qué es lo que necesita? —le susurró la pregunta en la penumbra del corredor, y se es