Al aparecer frente a su prima, Lena sentía las mejillas arder. El rubor le encendía el rostro y el saco beige le caía ligeramente torcido sobre los hombros, como evidencia del sofocón previo.
Lía entrecerró los ojos, llena de malicia en cuanto la tuvo enfrente.
Lena extendió los brazos hacia el pequeño. En ese instante, Lía se le acercó al oído con un susurro venenoso:
—¿Segura de que solo entraste al baño a lavarte los dientes?
Por puro instinto, Lena deslizó la lengua tras los dientes inferio