Liliana regresa a casa, y me apresuro a secar mis lágrimas antes de acomodarme en el sofá.
—¿Todo bien en la cena con ellos...?— pregunto con fingida calma.
Pero su mirada se desvía a mi mano, y su expresión se congela en asombro.
—¿Qué es eso tan precioso que cuelga de tu dedo?—
Me remuevo, incómoda.
—E-esto... es solo para no quedar mal delante de los invitados en la presentación—
Liliana entorna los ojos.
—Así que ya te contó—
Siento un nudo en el estómago.
—¿Por qué no me lo dijist