—¡Sé mi mujer, maldición! Cásate conmigo— su voz es un rugido que me arrastra al vacío de la locura.
Me encierra en una jaula de pasión de la que no quiero, ni puedo, escapar.
Su respiración arde en mi oído, su desesperación me sacude, me rompe, me hace cuestionarlo todo.
Esa mujer que estuvo en su casa...Es perfecta.
Pero él está aquí, conmigo, sobre su regazo, suplicando que sea su esposa.
Tal vez es la emoción del momento, el caos de esta situación que nos devora sin piedad.
La dureza