Me levanto de la cama con mucho cuidado de no despertar a Reyyan y después de recorrer con mi mirada su cuerpo, ansioso por volver a sentir su dulce calor y cubro su desnudez con las mantas. Tomo un pantalón de chándal y bajo a la cocina, donde no me sorprende para nada ver a Casandra.
—¿Desea que le prepare algo de cenar? —inquiere con una pequeña sonrisa.
—Sí, Casandra, pero por favor que sean dos emparedados y un vaso de leche con miel —pido al recordar a Reyyan comiendo eso en plena madruga