—¿Entonces es verdad? —chilla Marcello con una mano sobre su boca—. ¡Todo lo que dice esta revista es verdad, me volviste a engañar!
Veo como afloja un poco su corbata y cuando me percato de que respira con dificultad, me acerco corriendo a él.
—Señor De Santis, ¿se encuentra bien? —lo tomo del brazo y lo llevo hasta uno de los sillones de mi jefe donde lo ayudo a sentarse.
—No, dime Reyyan, ¿qué he hecho mal para que Alexandros me trate así y me engañe con cuanto hombre se le ponga en frente