El sonido que siguió al nacimiento no fue el llanto vigoroso que todo padre espera en el primer encuentro. Fue un quejido sordo, ahogado, el sonido de unos pulmones diminutos luchando contra el vacío de un mundo al que no estaban listos para llegar.
—¡No está respirando bien! ¡La obstrucción es severa! —gritó el neonatólogo, con el pánico tiñendo su voz—. ¡Saturación al 70 y bajando rápidamente! ¡Necesito la unidad de reanimación neonatal completa, ahora mismo!
Apenas tuve tiempo de ver a mi hi