Si alguien me hubiera dicho hace un año, cuando todavía creía que mi vida era una línea recta de éxitos quirúrgicos y contratos firmados, que la cafetería del Hospital General se convertiría en el escenario de más drama emocional que el quirófano de urgencias, no le habría creído ni una palabra. Pero allí estábamos, sentados alrededor de la mesa más grande, la infame "mesa redonda" de los Blackwood y asociados. Éramos Zoe, Elena, Marcos, Santi, Sofía, Thiago, Mark y yo. Una mezcla peligrosa de