La madrugada en el hospital tiene un silencio engañoso y pesado. Los pasillos principales están sumidos en una penumbra estratégica, y el único sonido audible es el suave roce de las suelas de mis zapatos contra el linóleo pulido mientras termino de organizar contrarreloj los expedientes clínicos de la Unidad de Cuidados Intensivos Quirúrgicos. Es prácticamente el único momento de la jornada en que mis pensamientos no se transforman en un campo de batalla sangriento... o, al menos, eso era lo q