El parque estaba en calma. El sol comenzaba a caer, pintando el cielo de tonos naranjas y violetas, y los árboles se movían con el viento como si bailaran una canción antigua. Diego seguía dormido en su coche, con la mantita azul cubriéndole hasta la mitad del pecho, la respiración profunda y tranquila. Lenna estaba sentada en la banca, con la cabeza apoyada en el hombro de Juan Diego, los ojos cerrados, una sonrisa en los labios. Todo estaba en paz.
El teléfono de Juan Diego vibró. Lo sacó del