La mañana llegó con un sol radiante que entraba por los ventanales de la mansión como un río de luz dorada. Anika estaba sentada en la cama, con el teléfono en la mano, el cabello suelto cayendo sobre sus hombros, una sonrisa que no podía ocultar. Acababa de recibir una llamada que cambiaría las reglas del juego.
—¿De verdad? —preguntó, con la voz que intentaba sonar casual pero que delataba su emoción.
—De verdad —dijo la voz al otro lado del teléfono, una mujer de tono profesional, dueña de u