El silencio de la habitación era denso, apenas roto por la respiración acompasada de los dos. Lenna creía que Thomas dormía, pero su mano seguía apretando la suya con una firmeza que no cedía. Los minutos pasaron lentos, espesos, cargados de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Entonces él se movió.
Su mano soltó la de ella con lentitud, como si cada dedo tuviera que despedirse. Lenna sintió el vacío en su palma y casi, casi, la extendió para buscarlo de nuevo. Pero no. No iba a ha