La luz de la mañana entraba por los ventanales de la habitación del hotel como un río de plata. Lenna despertó antes que Juan Diego, como siempre, y se quedó un momento mirándolo dormir. El sol le acariciaba el rostro, destacando la línea de su mandíbula, la tranquilidad de sus labios cerrados, la paz de sus párpados. Era hermoso. Era suyo. Y estaba allí, en París, con ella.
Se levantó en puntillas, fue al baño, se duchó, se vistió. Quería sorprenderlo. Quería que este día fuera tan especial co