La tarde cayó sobre la ciudad como un manto de luz naranja. Lenna había esperado este momento durante semanas, con el corazón encogido, con las manos sudando cada vez que imaginaba la conversación. Pero ya no podía seguir postergándolo. Tenía que hacerlo. Por Juan Diego. Por Diego. Por ella misma.
Mientras Juan Diego estaba en la oficina atendiendo reuniones, y Diego dormía una siesta profunda en brazos de su abuela Gloria, Lenna aprovechó para salir. Se vistió con ropa sencilla, casi anónima.