El coche se detuvo suavemente frente a la villa, y Walter bajó llevando a Mariana con cuidado. Mientras la puerta se abría lentamente, ella abrió los ojos adormilados y preguntó aturdida: —¿Ya llegamos a casa?
Walter bajó la mirada hacia ella y vio que Mariana fruncía el ceño, con una expresión de dolor en su rostro, probablemente debido a las heridas en su cuerpo que le causaban incomodidad.
—Sí, ya estamos en casa —respondió él en voz baja, sosteniéndola a conciencia mientras subía las escaler