De repente, Walter sintió un impulso loco de abrazar a Mariana y convertirla en su tesoro personal.
En su mirada se agitaba un deseo oculto, y el toque de sus dedos se volvía más apasionado y urgente, borrando incluso el lápiz labial de sus labios. La tenue luz del coche caía suavemente sobre el rostro de Mariana, dándole una belleza etérea. Ella frunció levemente el ceño y dejó escapar un suave gemido: —Mmm…
Ese quejido, suave como una brisa primaveral sobre un lago, avivó el deseo en el interi